Todos le decían Papá José, pero yo lo quería tanto que le decía “Abuelito”. Él trabajaba por las mañanas en su milpa y regresaba temprano para alistarse y recibir, con el amor de siempre, a las visitas que nunca escaseaban. Compartía de la manera más linda posible: contando historias entre sorbos de café o aguadulce, con tortillas y natilla. Luego pasaba hasta el cuarto, agarraba la guitarra que colgaba de un clavo, siempre lista para tocar y se iba para la sala. Sabrá Dios cuántas canciones se sabía, pero había una que interpretaba con especial cariño: se llamaba “Cuatro milpas”. Era imposible no habérsela escuchado si se le visitaba en un día de suerte. Sonaba algo así como:
“Tin tin, chan chan, taca taca, chin chin”.
Y la tocaba incluso cuando a la guitarra le faltaba la primera cuerda, que casi siempre se le reventaba de agotamiento. Ya en la noche, los abuelitos se quedaban en compañía de Dios. Pero de cuando en cuando, él seguía su concierto, se acomodaba con la guitarra y jugaba: —Marina, ponga cuidado y vea a ver si adivina cuál canción le voy a tocar. Y comenzaba:
“Tin tin, chan chan, taca taca, chin chin”.
Se dejaba llevar por la melodía con una contentera que el tiempo jamás le quitará a su recuerdo. Abuelita la escuchaba completa y luego decía, con ternura: —Ay, Charía… creo que esa es “Cuatro milpas”. Y entonces Abuelito se carcajeaba, con su dentadura balanceándose de pura felicidad porque le habían adivinado la canción. Y esa misma alegría, ahora, vive en este texto:

“Tin tin, chan chan, taca taca, chin chin”.

No quiero olvidarme nunca de su cariño; ojalá él, esté donde esté, tampoco se olvide del mío.