“Tin tin, chan chan, taca taca, chin chin”.
Y la tocaba incluso cuando a la guitarra le faltaba la primera cuerda, que casi siempre se le reventaba de agotamiento.
Ya en la noche, los abuelitos se quedaban en compañía de Dios. Pero de cuando en cuando, él seguía su concierto, se acomodaba con la guitarra y jugaba:
—Marina, ponga cuidado y vea a ver si adivina cuál canción le voy a tocar.
Y comenzaba:
“Tin tin, chan chan, taca taca, chin chin”.
Se dejaba llevar por la melodía con una contentera que el tiempo jamás le quitará a su recuerdo.
Abuelita la escuchaba completa y luego decía, con ternura:
—Ay, Charía… creo que esa es “Cuatro milpas”.
Y entonces Abuelito se carcajeaba, con su dentadura balanceándose de pura felicidad porque le habían adivinado la canción. Y esa misma alegría, ahora, vive en este texto:
“Tin tin, chan chan, taca taca, chin chin”.
No quiero olvidarme nunca de su cariño; ojalá él, esté donde esté, tampoco se olvide del mío.
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