Desde entonces, regresó a aquella mesa con la esperanza de verla aparecer y poder agradecerle el gesto de haberle pagado el café. Gesto que se agrandó día a día en el recuerdo, al igual que creció en él el sentimiento de estar completamente solo.
Te regalo un recuerdo
Cuando llegó a la cafetería, aún no estaba lloviendo, pero encontró su mesa habitual ocupada y se sentó en otro sitio, un poco más incómodo.
El sonido de la lluvia sobre los techos lejanos fue acercándose y de pronto, la ráfaga de agua alcanzó la cafetería. M. deslizaba el dedo por la pantalla de su teléfono en un gesto mecánico y aparentemente infinito.
Ella entró a toda prisa, y miró las mesas llenas. Su pequeña sombrilla era inofensiva frente a la furia del agua. Se adentró en busca de un buen lugar.
M. la miró sin interés y no supo si esto fue lo que provocó que la mujer se sentara en su mesa. Extrañamente, no le preguntó si estaba ocupada o si esperaba a alguien. Intercambiaron un "buenos días" y fue todo.
Ella se quedó mirando las gotas que chocaban contra la ventana y suspiró por el contratiempo que la lluvia le provocaba.
La mesera se acercó poco después. Él ya había hecho su pedido, y ella aprovechó para pedir un café con leche. Esto le pareció gracioso a él, pues había pedido lo mismo.
Ella suspiraba, impotente ante la lluvia torrencial. Él, ajeno a todo, permanecía absorto en la pantalla del celular.
Ella pensaba en su trabajo; él trataba de no pensar.
Ambas tazas de café fueron servidas al mismo tiempo. Ella le dedicó una sonrisa al darse cuenta de que habían pedido lo mismo. Él quiso decirle algo amable, pero ella continuó mirando la lluvia en la ventana. Mientras miraba afuera, pensaba que prefería estar allí que mojarse, pues su cuerpo era frágil para contraer cualquier tipo de enfermedad, y mojarse no estaba en sus planes.
Él tomó su café con naturalidad, ignorando u olvidándose de ella. Tomaba sorbos pequeños para no quemarse. Ella, en cambio, no pasó del primer sorbo.
Parecía lejana, zambullida en sus pensamientos.
Él estaba incómodo por no encontrarse en su mesa habitual.
Entonces, de ella escapó una risa repentina, siempre con la mirada fija en la lluvia.
Otro cliente en una mesa cercana estornudó sin cuidado y a M. se le quitaron las ganas de terminar su café. Ella estaba absorta en la ventana.
Poco después, la lluvia se fue calmando, como un susurro que se apaga en los techos. Él sintió la necesidad, sin mucha razón, de advertirle a ella que el café se le iba a enfriar, y lo hizo con un carraspeo de garganta y un gesto sutil de la mano. Ella le agradeció dando un pequeño sorbo, pero su café ya se había enfriado.
La lluvia cesó por completo, así que ella pidió la cuenta y, en el mismo acto, solicitó indicaciones para llegar al baño. Su silla quedó vacía en la pequeña mesa junto a la ventana.
Él volvió a tomar su celular, pero ya no le interesó lo que veía. Seguía incómodo en aquella mesa.
Entonces, extrañamente, miró la ausencia de la mujer y recorrió la cafetería con la mirada. Ella ya no estaba.
Pasó algún tiempo más y luego pidió la cuenta, pero la mesera le informó que la mujer había pagado también su café.
La ventana empañada y la silla vacía le devolvía su imagen, disuelta ahora en la lluvia. Y en ese momento volvió a sentir una incomodidad escondida.
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