P. amaba la vida, contrario a su hermano gemelo, Mario. Y, sin embargo, un día cualquiera, el doctor le dijo que sería el primero en morir. La vida, según su madre, nos es prestada por el creador; pero P. se enojaba con este, preguntándose por qué a él le había concedido tan poca.
Mario, por otro lado, sí quería descansar. Quería dejar este circo de marionetas, pero no era capaz de hacer sufrir a su madre. Era suficiente para ella que a P. se le escapara la vida. Por lo demás, eran tan idénticos que hasta ella tenía que mirarlos detenidamente para saber a cuál tenía que hablarle.
Jugaban con esto, pero la existencia es cruel.
Del templo salió el ataúd, que deslizaron a la parte trasera de un auto negro. Los familiares iban de blanco, según fue el último deseo de P., y siguieron al vehículo en lenta procesión hacia el cementerio.
El más afligido, por supuesto, era Mario. Caminaba unos metros atrás del pelotón, con la mirada fija en el suelo, arrastrando los pies.
El sol caía implacable sobre el cementerio, pero un frío interior helaba los huesos de Mario.
Entonces, cuatro hombres, en la entrada del cementerio, se colocaron el ataúd en los hombros y terminaron de llegar al lugar elegido.
Muchos abrazaron a la afligida madre, intentando consolar su inmenso dolor. Luego bajaron el ataúd y todo terminó con una rapidez sorprendente.
Mario lloraba en silencio y, a veces, se limpiaba las lágrimas con las mangas de su camisa. Un pequeño grupo se demoró junto a la tumba.
Una paloma blanca cruzó el cielo.
De pronto, sintió una mano temblorosa sobre su brazo. Era su madre. Su rostro, surcado por el dolor, parecía una máscara.
“Mi niño…”, susurró con la voz quebrada. “Tan joven… tan lleno de vida…”
Acarició su brazo con ternura, confundiendo su piel con la del hermano ausente. Mario abrió la boca para hablar, para recordarle que él seguía allí, pero las palabras no salieron. En la mirada de su madre, solo veía la sombra de P.
Se quedó inmóvil, sintiendo el peso de la ausencia de un amor que nunca había sido completamente suyo.
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