Escrito luego de escuchar un parafrasear de Freud.
Durante mucho tiempo, una interpretación popularizada del pensamiento de Sigmund Freud nos ha dicho que una pulsión sexual es el motor principal de nuestras vidas. Pero aferrarse a que «buscamos el sexo como un intento por ser felices» es seguir la lógica del adicto: un ciclo sin fundamento que nos reduce a un instinto, ofreciendo solo un alivio fugaz. Este enfoque, basado en una simplificación de la idea de libido, ignora quiénes somos, nuestras metas y el mundo en el que vivimos.
La alternativa no es meramente reprimir el deseo. A menudo se asocia la idea de «sublimación» de Freud con desviar una energía frustrada, pero quizás es más útil redefinirla como un verdadero descubrimiento. Cuando una persona se sumerge en el arte, la ciencia, el servicio a los demás o simplemente disfruta de la presencia de su comunidad, no está canalizando una frustración. Está encontrando un placer que supera la naturaleza animal; un sentido de propósito que genera un deseo desenfrenado por hacer eso que nos distingue del instinto. Este gozo no es para unos pocos; se encuentra en la apreciación del instante, en la conexión con otros, y en la sensación de «sentirse útil para uno mismo», que es la base de la salud.
Es necesario, por tanto, redefinir el lugar del sexo. No es el motor inamovible de nuestra psique. En realidad, «el sexo es el juego más elemental y básico del ser humano; a partir de allí comienza el verdadero descubrimiento del placer».
Es el prólogo, no la obra completa. Y como prólogo, es una base que puede ser alterada, saltada, reemplazada o revisitada según las necesidades de cada persona, en lugar de ser una fuerza fija que nos domina.
La búsqueda del placer no es una escalera rígida que debamos ascender. Es mejor entenderla como «un sendero fluido y personal, que a veces nos proporciona placer por una actividad y otras veces por otra distinta». Hoy puede ser la intimidad, mañana la creatividad, pasado mañana el servicio. Ninguna fuente de placer es mejor que otra, simplemente respondemos a nuestro momento vital.
El objetivo final de esta visión es práctico y claro: desmantelar el placer sexual como la base para la toma de decisiones. Es una llamada a que, como individuos y como sociedad, superemos las «peleas instintivas y sin más base que una comprensión torpe de las metas humanas». Se trata de dejar atrás los bandos formados por ideas obsoletas —ya sea el «sexo como meta» o los dogmas religiosos— para aspirar a una realización más compleja, diversa y, en definitiva, más humana.
¡Y entonces cojamos, pero no tibiamente como perros, sino desgarrándonos los miembros del alma!
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