1 Él solo sabía arreglar el mundo apuntando y apretando el gatillo. Pero un día el mundo decidió hacer silencio: las guerras terminaron, los jefes callaron, las sombras se disolvieron. 2 Su hija era un sol: cuando lo abrazaba, el corazón se le descongelaba un instante. Aquella Navidad, la niña le pidió una muñeca. Ella no sabía que su padre había cumplido tantos encargos que ya no recordaba cómo era vivir sin el seco latido de un disparo. La paz, para él, era hambre. 3 —¿Ya casi es Navidad? —le preguntó ella, colgándose de su cuello. Él le besó el cabello sin responder. La niña olía a jabón y leche con cereal. Esa noche la mandó a dormir temprano. 4 Mientras dormía, su respiración parecía acariciar la tranquilidad. Él la miró durante un largo rato fascinado por aquella belleza frágil e inocente. Sin cabezas que estallar, no había dinero. Sin dinero, no había muñeca. 5 Entonces se acercó a ella con el arma en la mano y la colocó en su frente infantil. El dedo dudó, pero solo sabía resolver las cosas de una manera. Un sonido familiar le salpicó los ojos y derramó lágrimas de felicidad.