Flautista, amigo y artista verdadero
B.
Le he dicho a Isabel que he dejado de fumar. No me creyó. Se lo diré de nuevo mañana y si no me cree entonces volveré a fumar pues no habrá sentido en abstenerme. Yo creo que ella me odia por dentro pues no me habla y no me ha subido la paga en los diez años que llevo tocando en su café. Ya tengo gastados los pulmones por soplar la flauta que me da de comer. Y pienso que es mejor si están podridos: así acompañarán el sentido de mi existencia. Verás desafortunada tal afirmación, pero déjeme explicarle por qué, más bien, es un canto de victoria:
C.
Como ya he dicho, llevo diez años tocando en el café Isabel. Es el más elegante de todos los que hay o ha habido en Paraíso. Y si me entristezco al contar esto no es por el tiempo malgastado tocando siempre lo mismo. Sino porque yo mismo me he dado cuenta que me hubiera ido peor en otro lugar. Es cierto que recibo un pago vergonzoso, no obstante, así de diminuto me siento ahora. ¿Cómo puedo exigir más? Y cada noche, en cada ronda de aplausos, siento venir el silencio y entonces me doy cuenta que no es a mí a quien celebran. Y tocando y tocando se me han ido los años.
Ahora creo en Dios. He hecho las paces con él luego de toda una vida. Y si lo menciono es porque ahora, justo ahora, si no creyera en él no quedaría en qué creer. He perdido la fe en mí mismo. He perdido la luz que comenzaba a tener de niño. La tuve, estoy seguro, el día que toqué por primera vez una flauta. Y nunca más, aunque ignoraba que todo en mi es oscuridad.
D.
Le temo a las noches en el campo. Donde los grillos se meten en la cabeza al soñar y entonces te das cuenta que no puedes hacer más ruido que ellos. Y así conoces tu propio silencio. Y en la quietud de una cama demasiado pequeña, temes a la vida. A su inmensidad y a la propia agonía.
Con todo, déjeme ordenarme un poco: antes de trabajar en el café, vivía yo en una casa a las afueras de Paraíso. No me faltaba oficio, aunque no sabía hacer bien muchas otras cosas que tocar mi flauta. Me ganaba la vida pintando, porque pintar es como un juego. Y pintaba todas las casas del barrio y cuando terminaba con todas, la primera ya necesitaba ser pintada de nuevo. Es curioso, pero las más de las veces solo pedían cambiar el color exterior. No muchos reparaban que las paredes que siempre se miran son las de adentro. O eso creía yo. Más de una vez traté de hacerle entender esto a una señora que tenía rayones en toda su casa porque sus nietos jugaban con crayolas en cada visita. Y la visitaban poco. Ella me explicaba a la misma vez que adentro solo se cambia cuando no se quiere ver lo que se ha vivido. Y un día se le murió el nieto mayor y me pago para que le pintara la casa por dentro de un amarillo vivo. Y así fui comprendiendo que las personas actúan sabiendo y si no saben, es porque así lo desean. Y ahora me sé solo.
E.
Regresaré al tema inicial: he dejado de fumar. Comprendo que es una decisión inútil luego de tantos años. Pero quisiera ganarle un segundo a la vida y me han dicho que esa es la mejor forma. Algún idiota me lo habrá afirmado y yo, más idiota aún, le he creído. La vida se me hace pesada, o al menos eso sentí la última vez que me figuré delineármela. Porque, perdóneme, ya yo estoy podrido en vida y si no muero totalmente es porque el castigo mismo es la existencia. A veces sueño con la muerte. Sin embargo, llega la hora de tocar la flauta y los aplausos me detienen. Y después llega de nuevo el silencio. Por ello vivo en la ciudad. Mi apartamento es pequeño, pero siempre suenan las sirenas y los carros. Y murmuran las prostitutas en la calle y pelean los borrachos que salen tambaleándose del bar de la esquina para perderse o morir y revivir al día siguiente para volver a entrar y tomarse la vida con hielo. Y embriagarse de los segundos mal pagados que les sobran luego de las pensiones y los impuestos.
F.
Me doy cuenta que ando divagando: mi excusa es que hoy no he querido hacer lo que hago normalmente. No he gastado mi dinero en cigarros y entonces ajusté unas monedas para una botella de vino barato. Me gusta saber que soy pobre y me gusta que los ricos me aplaudan todas las noches sabiéndolo. Todos ellos sueñan con vivir mi existir sin vivirlo realmente. Como si a través de mi flauta soñaran con una vida perfectamente poética. Esto porque toco con un poco de cariño. Y las jóvenes se enamoran de las notas que salen del instrumento y yo les etiqueto de inspiración. Y algunas un beso tendrán marcado de mis labios. Aunque estoy seguro que no es a mi al que quieren, sino que les atrae el arte que nunca tuve y que finjo poseer para ganarme a costos la comida.
G.
Y es todo: he dejado de fumar, me cree usted?
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