Hoy Rocío nos regaló una clase de poesía lindísima. Habló con tanta claridad que hasta me dieron ganas de escribir. Por dicha, hubo un espacio para ello. Y bueno… algo me pasó. Algo me picó. Se me despertó el poeta que tengo guardado, se abrazó con mi faceta de cuentista y me lancé a escribir. Todo empezó cuando nos puso a mirar una imagen y escribir a partir de ella. La imagen era simple: un lente de cámara sobre una mesa. Pero justo en ese momento, Paul andaba de aquí para allá tomando fotos, con la cámara en mano, y no sé por qué, pero sentí un presentimiento. Algo me dijo: “De aquí sale algo”. Los dos primeros intentos fueron un desastre. Literalmente me dije: “Arranca, pero no empareja”. Pero insistí, un poco para no quedar tan mal con Wilmer, porque a él sí le emparejó la inspiración. Respiré, parpadeé… y me vino la idea. Empecé a escribir a tientas y, a mitad del camino, me detuve y pensé: “¿Cómo quiero que termine esto?”. Sentí que tenía que cerrar con humor, sacarles una sonrisa a los lectores. Este tipo de espacios son oro, porque a uno se le despiertan las ganas de crear. Ojalá a todos los que estuvieron les crezcan las cosquillas por escribir. Que se animen a contar desde lo cotidiano, a sacar una risa o una lágrima con solo palabras. Y que disfruten de las palabras. Aquí el resultado final, que es mucho más pequeño que la introducción; y ese también es parte del chiste: El fotógrafo Había perdido su ojo derecho y, aun así, a veces le picaba. Así que, de vez en cuando, rascaba el lente de su cámara… y le dejaba de picar.