Para Geovanna, Sofía y Luis
Don Brolo y doña Magelita eran una pareja de primos hermanos que se amaron desde pequeños. Se le veía a él, sonriente, caminando con un ramito de flores de campo hacia la casa de ella. Y a ella, preparando con esmero unas torticas de yuca frita para ilusionarlo, tal como le había enseñado su abuela. Eran buenos en la casa y en la escuela, y durante los días de fiesta ayudaban a repartir azúcar y pancitos. Todos los querían, y nadie osó contradecir el destino que parecía escrito en su amor. De los pocos amigos que permanecieron junto a ellos en el tiempo, destacó Marco Solomiedo. Quien sobrevivió a dos matrimonios, cinco hijos, seis amantes, un balazo y hasta el atropello de una carreta, pero que, cierto día, murió por el piquete de un mosquito. Esa pérdida fue un golpe inesperado para la pareja: con Marco, se rompió media burbuja de ilusión. Por primera vez sintieron que el tiempo avanzaba sin tregua, dejándolos cada vez más solos. De repartir pancitos y azúcar en las fiestas, pasaron a acumular velorios de amigos y familiares. Con el paso de los años, solo quedó Furfulín, el buen hombre que les ayudaba en la finca y en el mercado, y que también era su chofer, aunque nunca logró treparlos al carro porque don Brolo y doña Magelita siempre preferían caminar, dejando que sus pasos los llevaran adonde su sencilla vida les indicaba. Así se hicieron viejos, sin jamás aflojar el nudo del amor verdadero.