Colección de abrazos
Me encantan los abrazos. Tengo guardados en los brazos los de Vivi, los de Monse, los de Rocío y Gustavo, los de mis padres y mis hermanos. También atesoro los que me han dado mis sobrinas desde que tenía que agacharme para recibirlos y que, con el tiempo, fueron creciendo en altura… y en cariño.
Hoy trabajé en la oficina hasta mediodía. Para el almuerzo, la freidora de aire —que no es nueva, pero sí lo es en mi cocina— le dio el punto perfecto a unas papas, un plátano y unos salchichones. Ese fue mi primer almuerzo: sencillo y feliz.
Un rato después, antes de las dos, pedí un taxi. Me llevó lejos del centro, ese lugar donde me siento tan confiado, rumbo a una zona de cafetales que parecía estar en medio de la nada. Iba algo inquieto, pero le pedí al taxista que avanzara unos metros más. De pronto, entre el paisaje verde, apareció una casa lindísima. Como linda también fue la bienvenida de la muchacha que me recibió con los brazos abiertos.
Entré nervioso. Me presentó a su hermano menor. Ella, con esa sonrisa suya, ya me había dicho una vez:
—“No soy la hermana mayor, ni la menor, pero tampoco la del medio”.
Se los dejo de tarea: siendo tres, aseguro que es posible.
Pasamos a la cocina. Entre bromas, mi amiga me sirvió una pasta deliciosa. Y no lo digo por quedar bien: realmente deliciosa. Casi pido repetir, pero me dio vergüenza. Ya llevaba dos almuerzos. Conversamos un rato largo, hasta que un gallo se metió a la casa como si anduviera buscando algo. Lo tomamos como señal de que era hora de salir a dar una vuelta.
A pocos metros descubrimos una quebrada y un palo de limones, como el de La locura de ser feliz: cargado, pero de frutos pequeñitos. También me enseñó dónde duermen las gallinas, el gallo rebelde y otra gallina oscura llamada Lola, que tenía —no sé cómo— un montón de pollitos escondidos. Me dieron ganas de adoptarlos a todos.
Le dimos la vuelta a la casa. Me mostró cada rincón con una amabilidad genuina. Al regresar al interior, la conversación siguió: teatro, literatura, y esos chismes suaves como gomitas, los que alimentan el corazón sin hacer daño. En un momento noté una referencia a uno de mis cuentos en algo que ella me había compartido. Qué alegría. Además, me cayó encima una certeza que ya sospechaba: soy un viejo atrapado en un cuerpo joven, como Benjamin Button. Le dije:
—“Yo nací viejo”.
No recuerdo dónde leí esa frase, pero parece escrita para mí.
La tarde pasó volando. Ella tiene esos trabajos raros, por ratos. Llegó la hora de despedirme. Me guardé, con cariño, el abrazo final.
De regreso, ya cerca del centro, vi de reojo una cafetería que también era librería. Le pegué un grito a la taxista:
—¡Ahí! ¡Déjeme aquí!
Le pagué el viaje completo y me bajé.
Qué lugar más lindo: mesas de madera clara, pinturas con maestría y humor en las paredes, libros por todos lados. Me enamoré del sitio. Seguro volveré. Por pura gula pedí un pastel de chocolate. La muchacha me advirtió:
—Es una bomba de dulce.
Más razón para pedirlo. Se llamaba Pastel de Gabo. Pensé en García Márquez, por supuesto, pero me aclararon que era por el pastelero, Gabriel. Igual lo pedí con entusiasmo. Para acompañarlo, un chocolate caliente. Dulce con dulce. Chocolate con chocolate.
Salí de ahí como drogado de azúcar y comida. Miré el reloj: aún tenía tiempo antes del evento al que quería llegar, así que me fui caminando hacia el centro.
El homenaje era para quien fue, hace mucho, algo así como mi medio profesor. Leí todo el material de su curso en un mes, pero nunca fui a clases. Por eso digo que fue medio profesor mío.
El evento fue hermoso, pausado, lleno de respeto y de verdadero conocimiento de su trayectoria. Como miembro de Ceniza Huetar, ya tenía planeado acompañarlo. Al encontrarlo en la entrada, le di el abrazo requerido y me convencí —una vez más— de que es un hombre sencillo y terriblemente querible. Si ha cometido errores, no soy yo quien deba juzgarlo. Además, ya les he dicho: sus abrazos también son memorables.
Ahí estaban su esposa y sus hijos literarios, lo cual me dio alegría y esperanza. A alguno ya le he leído, y si no es así, pronto lo haré. Le dieron el espacio justo para hablar de su historia, su vida, de lo que quisiera. Lo escuchamos con el corazón en la mano. Más adelante, aquí mismo, les compartiré su discurso: tan sencillo como ameno.
Al salir, un grupo de amantes de la literatura nos armamos una bola y nos fuimos a tomar algo. Yo, con la panza a reventar, los guié a un restaurante. Pedí una bebida suave y me solté la faja, como hace mucho no hacía, solo para ver si podía terminarme la copa. La conversación fue amena, llena de cariño. Cuando se agotaron los temas —de los cuales tengo pocos— y ya era tarde para quienes viven lejos, nos despedimos.
Todo terminó de pronto. Como de pronto se me dio este día entero.
Caminé de vuelta a casa para bajarme todo lo que había comido. Me senté a escribir esto. Seguramente me haga un cafecito —el rutinario de la noche— y me meta a dormir agradecido por conocer gente tan maravillosa que le da sentido a mi vida.
Más allá de eso, no sé en qué más pensar, excepto en cómo no engordar si sigo siendo feliz de esta manera.
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