Hasta las hormigas, por el calor que desciende como una daga, transitan por la sombra. Él también busca la sombra, pero ni siquiera allí encuentra alivio. Llegar temprano de la finca y encontrar la casa vacía le aprieta el pecho. El camino está hecho un polvazal y la brisa fomenta remolinos que azotan el pasto alto y las escasas hojas de los árboles secos a los lados. Emilio agarra un cigarro, aunque le ha jurado a su mujer que no fumará más, y sale de su casa apretando los dientes. Sube la cuesta con zancadas cazadoras, casi desesperadas. Se lleva el cigarro a la boca, succiona, observa a ambos lados y deja salir el humo. Lleva la ropa sucia, pero no tanto como de costumbre. Ya no siente el sol. A media cuesta se encuentra la casa de don Alejandro, quien está en el corredorcito, en una silla mecedora con los pies trepados en la baranda. La camisa desabotonada y el sombrero le tapa la cara. —Buenos días, don —dice don Emilio acercándose. Don Alejandro parece despertar y se quita el sombrero con la mano izquierda. Tarda todavía un poco en reconocer al hombre que le ha hablado. —Buenos días, don Emilio. ¿Va para la finca? —Vengo de ahí. —¿Cómo está la milpa? —Con ganas de agua. —Mmm —gruñe don Alejandro. Don Emilio mira al cielo, el polvo suspendido en el aire le pica los ojos. Se lleva el cigarro a la boca, pero ya está acabado. Lo tira al suelo y lo aplasta con el pie. —¿Será que ha visto pasar por aquí a mi mujer? —pregunta, con su mirada fija en un punto indefinido en la distancia. Don Alejandro se rasca la barbilla, con los ojos entrecerrados. —Me pareció verla pasar en la mañana. —¿Y para dónde iba? —Mm, pues para arriba. —¿Dónde Lupe? —No sabría, don, no le puse cuidado —responde sin alterar su postura. Una ligera sonrisa se dibuja en sus labios. —¿Iba con una bolsa? —Mm, yo creo que sí. —Pues entonces ya nada tenía que ir a hacer donde Lupe. —Seguro algo se le olvidó —dice don Alejandro, ensanchando la sonrisa apenas perceptiblemente. Emilio se queda en silencio con la mandíbula tensa. Una ráfaga de aire le mueve el pelo. —Es que hoy es lunes —dice Emilio. —¿Y qué pasa los lunes? —Pues que Lupe no atiende la pulpería sino su marido. —Mm, no creerá usted que doña Rosario anda haciéndole ojitos. Emilio no responde. Pero al rato murmura: —Hace días viene rara, como que ha cambiado. —Así son las mujeres… —Ya sé, don, pero por si acaso me voy para donde Lupe a ver si la encuentro. —Está bueno, pero su mujer es de las buenas —asegura don Alejandro, con voz ahora más suave. —Por eso mismo la cuido. —Así tiene que ser. Don Emilio se da la vuelta. —Nos vemos, don —se despide. —Buen día, don Emilio —don Alejandro levanta su mano izquierda, aún con el sombrero, en un gesto de despedida. En el mismo acto se vuelve a tapar la cara. Poco después alza el sombrero con el pulgar solo para dar una ojeada al camino: Emilio se ha perdido en la cuesta. Don Alejandro se reclina en la mecedora y una sonrisa se extiende lentamente por su rostro. —Bonito día para caminar —murmura, más para sí mismo que para nadie más, y vuelve a cubrirse la cara con el sombrero. La puerta de la casa cruje al abrirse. —Ahora no me lo voy a aguantar —dice doña Rosario saliendo al corredorcito—. ¿Nos vemos de nuevo mañana? —Su voz es un susurro. —Mejor el jueves —responde don Alejandro, sin apartar el sombrero de su rostro. —Que sea el miércoles entonces. —Bueno —acepta con brillo travieso en sus ojos, finalmente visibles bajo el ala del sombrero. Doña Rosario cruza el corredor y abre el portón. Lleva una bolsa en la mano. Ya va a salir cuando un carraspeo de garganta la detiene. Vuelve sobre sus pasos con una sonrisa en los labios. Se inclina hacia don Alejandro y deposita un beso suave en su mejilla. Él suelta un silbidito bajo, apenas audible. Luego, doña Rosario sale, cierra el portón y se aleja, balanceando rítmicamente la bolsa contra su cadera, como un péndulo marcando el compás de una melodía secreta.