Anhelada sencillez
Allá por el alto vive una señora baja y regordeta que regala buenos tratos con quien puede. Hoy viene bajando con una bolsa de chayotes. Y, al mirar la puerta abierta de la casa del hombre, se asoma para saludar.
— Buenas — dice alzando la voz.
No hay respuesta.
Grita lo mismo una segunda vez y entonces sale el niño.
— Buenas tardes doña Margarita, hace días que no la veía.
— Estaba descompuesta.
— ¿La rodilla otra vez?
— La cadera — responde — ¿Está tu papá?
— Se está bañando.
— Ah — pasa un segundo y luego la mujer dice — Aquí les traigo unos chayoticos tiernos.
El niño toma la bolsa, agradece y camina hasta dejarla sobre la pilita.
— ¿Ya tomó café? ¿Quiere una taza doña Margarita?
— Ya tomé, mi niño. Pero gracias.
— ¿Está segura?
— Otro día con mucho gusto.
— Ah, bueno — se tranquiliza el niño.
Es esta una costumbre y no hay cosa más predecible que el agradecimiento en forma de cordial rechazo.
En eso sale el padre del baño, abotonándose la camisa.
— Buenas tardes doña Margarita.
— Buenas y sin lluvia.
— Tal vez en la noche venga el aguacero.
— Eso espero: en la mañana sembré unos rábanos atrás de la casa.
— ¡Ah sí? Con este clima cuesta que algo pegue.
— Pero yo tengo buena mano.
— No lo dudo — dice el hombre.
— Les traje unos chayotes — repite doña Margarita.
— ¿Sí? Que dicha la nuestra, los pongo a cocinar de una vez.
Termina de ponerse el botón del cuello. Y, al sentirse asfixiado, lo suelta y así lo deja.
— ¿Quiere una taza de café doña Margarita? — pregunta el hombre.
— Ya tomé, pero gracias.
— ¿Está segura?
— Otro día con mucho gusto.
— Ah, bueno — se tranquiliza el hombre.
Pasan dos segundos y después la mujer comenta que venía también a avisarle una cosa: en el cruce van a hacer una nueva casa.
— ¿En el cruce? — dice el hombre.
— Sí. Y están contratando, tal vez le sirva.
— Puede que sí, pero quién cuida a mi niño?
— Ya está en edad de cuidarse solo.
— ¿Usted cree?
La mujer lo afirma.
Conocida por sus cortos diálogos, doña Margarita dice algunas cosas más de cada vez menor valor. Y, cuando ya no tuvo nada que decir, se despidió y se fue caminando cuesta arriba, a ritmo de una pequeña cojera.
Que buena persona es doña Margarita, piensan ambos. Luego el hombre pone una olla con agua al fuego. Y comienza a partir los chayotes por la mitad antes de tirarlos dentro de la olla, agregando al final algo de sal.
Sin darse cuenta el hombre silba trozos de alguna de las seis únicas canciones que logró aprenderse en toda una vida.
Cuando estuvieron cocinados los chayotes se respiraba en el ambiente la calma de un día soleado y sin prisa por terminar.
— Gracias Señor — rezaron antes de comer —, por estos alimentos, bendícelos y bendícenos a nosotros también.
— Repara al que no los tiene y bendícelos también — agrega el niño.
Amén
Y, en silencio, comieron en paz.
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